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Austeridad económica y deporte

Publicado en Diario Sur 18/02/2013

En los últimos años venimos asistiendo a una gran controversia entre dos visiones antagónicas para superar la crisis económica: recurrir a políticas expansivas de gasto y de deuda o apelar a la austeridad para, supuestamente, sentar las bases del crecimiento futuro. El debate tiene una larga tradición en el ámbito de la política económica, pero es también antiguo en el del deporte. De hecho, está presente de manera permanente, en tiempos de auge y de depresión, en la conducción de cualquier club.

El caso del Arsenal ilustra como pocos la mencionada disyuntiva, las singularidades del deporte profesional y las dificultades inherentes a su gestión. El club de fútbol londinense protagonizó ocho temporadas gloriosas, a partir de la llegada, en 1996, de Arsène Wenger, reclutado como director general. Como queriendo emular los ciclos bíblicos de vacas gordas y vacas flacas, desde 2005 ha permanecido sumido en una etapa bastante menos sublime. En el año 2004, el Arsenal conquistó la liga inglesa sin haber perdido un solo encuentro, pero, en el mundo del deporte, el aval del éxito anterior tiene fecha de caducidad. Una vez que se saborean las mieles del triunfo, es ciertamente difícil renunciar a ellas durante mucho tiempo. La dinámica del deporte de masas es así de exigente y los logros del pasado, si no se revalidan pronto, tienden a alimentar la frustración.

La actuación de cualquier empresa (no monopolista) está siempre sujeta a dificultades, pero éstas suelen ser mayores para las de naturaleza deportiva. Los clubes se necesitan unos a otros, pero, al final, las competiciones son un juego de suma cero: sólo un equipo puede ser campeón. Por otro lado, una buena gestión económica propicia una posición confortable, pero no asegura el éxito deportivo, y la ausencia de éste puede ser el desencadenante de un declive financiero. Además, el poder de los propietarios (shareholders) se ve muy condicionado por el de las partes interesadas (stakeholders): los aficionados, que constituyen un componente esencial de la identidad de un club y un elemento crucial del “proceso de producción”; los jugadores, cuyo papel es tan decisivo, sobre todo en disciplinas basadas exclusivamente en la destreza y el esfuerzo humanos; los medios de comunicación, piezas imprescindibles para la difusión y que ejercen una enorme influencia en la creación de opinión, además de condicionar el impacto social y económico de las actividades desarrolladas. Para aumentar el grado de dificultad, los organizadores de las competiciones renuncian casi por completo a los avances tecnológicos para evitar los posibles errores de apreciación, que impiden en ocasiones la justicia en los resultados.

La estrategia empresarial ante este complejo entramado puede responder a patrones bien distintos. El general manager del Arsenal llevó a la práctica las pautas de su formación económica y, especialmente, su visión calculadora de los pros y los contras de las decisiones. Según el testimonio recogido por Simon Kuper en el diario Financial Times, Wenger gestiona un club de fútbol como si fuera a ser suyo durante 100 años; un club, el Arsenal, que tiene la austeridad implantada en su cultura. Esta política, que quiere promover la UEFA bajo el “fair play financiero”, propugna no gastar más de lo que se tiene. Tres han sido los pilares de la gestión en la etapa Wenger: sostenibilidad, potenciación de la formación de jugadores y construcción de un estadio con un aforo de 60.000 localidades. Durante años, la estabilidad económica y el éxito deportivo se han combinado armónicamente en un círculo virtuoso.

La entrada de oligarcas con grandes inyecciones de dinero en otros clubes ingleses, acompañada de títulos, y unida a años de sequía propia, ha alentado las demandas de los seguidores del Arsenal para realizar inversiones en jugadores destacados. Sus responsables han argüido que otros clubes estaban recurriendo a una especie de “dopaje económico”, al utilizar recursos artificiales y volátiles, y que el mercado del fútbol está inmerso en una burbuja que está llamada a estallar. Pero, aunque las decisiones empresariales correspondan a los propietarios y los gestores, la junta de accionistas se traslada en buena medida a las gradas del estadio, que permiten al club londinense unos ingresos por cada partido del orden de 3,8 millones de euros.

Frente a la tesis de la preocupación por la estabilidad de un club deportivo a largo plazo, hay quienes subrayan que los episodios de desaparación de entidades por problemas económicos son escasos. Según este argumento, puede resultar injustificado un exceso de prudencia. Un club, al fin y al cabo, se basa en un nombre y una imagen de marca, que, en el peor de los casos, pueden reflotarse al amparo de un nuevo proyecto empresarial. Desgraciadamente, no siempre es así y, cuando lo es, recuperar el esplendor del pasado no es tarea fácil.

Las alternativas apuntadas se dan en todos los clubes, pero la austeridad económica tiene traducciones muy distintas según localidades. No es, desde luego, sinónimo de pobreza, ni impide dar zarpazos en el mercado. Con una cifra de 290 millones de euros, el Arsenal aparece como el sexto club de fútbol europeo por volumen de ingresos en la temporada 2011/12, dentro de un ranking encabezado por el Real Madrid (513), el Barcelona (483), el Manchester United (396), el Bayern Munich (368) y el Chelsea (323). Ante la pujanza económica de estos colosos, uno podría plantearse si, desde una perspectiva de equidad, al menos en las competiciones nacionales, no tendrían que arbitrarse algunos contrapesos (que se aplican, por ejemplo, en la NBA) para evitar que siga ampliándose la brecha de la desigualdad. No obstante, los presupuestos de los clubes reflejan el “valor contable” de las plantillas; otra cosa es el “valor deportivo”, que no está predeterminado y puede, a veces contra todo pronóstico, modularse en los estadios. Allí puede comprobarse que las plusvalías y las minusvalías no son sólo de carácter financiero.

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